Los ojos se le salían de las órbitas. Estaba totalmente irreconocible. Las cuerdas que le sujetaban al poste le impedían abalanzarse contra las autoridades y curiosos que le observaban a distancia. Si alguno de aquellos amarres se hubieran soltado, nadie de los presentes se hubiera atrevido a imaginar lo que habría podido pasar. Aquel hombre totalmente fuera de sí, desgarrándose la garganta con alaridos, parecía alguien ajeno por completo a quien era hace sólo unas pocas jornadas. Su cara desencajada aparecía cubierta de espumarajos, sudor y mucosidades, nada recordaba a aquel semblante amable, educado y cortés hasta el incomodo con que atendía a los vecinos desde el mostrador de la botica. Sin embargo, allí, fuera de su cotidianidad, el joven farmacéutico mostraba su auténtica alma. Al verle así, como una bestia, Roberto se sintió más relajado. Por un momento pensó que todo podría haber sido un malentendido. A fin de cuentas se conocían desde que eran niños y cuando unos minutos antes sus miradas se juntaron no pudo evitar que le asaltara la duda. Pero al contemplarlo en aquel estado las incertidumbres se disiparon. Respiró profundo y luego su boca proyectó un sonido seco y cortante que sus hombres interpretaron al unísono. Tras la descarga, el cuerpo del boticario estaba grotescamente descoyuntado. Ceremoniosamente se aproximó hacia él, desenfundó su revolver y le disparó un tiro de gracia que le destrozó la cara.
El ojo ausente de Cíclope
Ecos y aullidos desde la caverna
23.12.07
10.12.07
Mutismos
Se conocieron en silencio. En silencio se desearon y en silencio follaron con gemidos callados. En silencio se casaron. En silencio comieron. En silencio vieron la televisión y en silencio se ignoraron. Sólo en una ocasión pareció que iba a quebrarse ese muro de mudez. Aquel día se miraron de un modo diferente. La cama estaba especialmente fría a esa hora de la madurgada. Su boca se abrió con timidez mientras sus dedos apretaban con fuerza la sábana. Fue entonces cuando un tenue ronquido surgió de algún recóndito músculo de su garganta. Pero sólo fue un estertor. Después la enfermera apagó la máquina en silencio.
1.12.07
El prestidigitador
Aquella noche iba a ser su gran noche. No era un simple presentimiento, lo notaba de una forma casi física conforme ascendía por la escalinata que le conducía hasta el escenario y el público se rompía en aplausos a su espalda. Toda la vida había aguardado aquel momento, desde la primera vez que entró en un teatro. Escuchaba los bravos que le besaban desde los palcos y su cabeza se sentía arrastrada por el vértigo, por una borrachera que la llevaba en volandas hasta el centro de las tablas donde le aguardaba, en unos instantes, la ovación definitiva mientras se precipitaba el telón. Por fin todo se hizo silencio y oscuridad. Sólo un intenso foco iluminaba su silueta. Y, entonces, el prestidigitador, con unas grotescas palabras mágicas, la hizo desaparecer.
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