23.12.07

La alimaña

Los ojos se le salían de las órbitas. Estaba totalmente irreconocible. Las cuerdas que le sujetaban al poste le impedían abalanzarse contra las autoridades y curiosos que le observaban a distancia. Si alguno de aquellos amarres se hubieran soltado, nadie de los presentes se hubiera atrevido a imaginar lo que habría podido pasar. Aquel hombre totalmente fuera de sí, desgarrándose la garganta con alaridos, parecía alguien ajeno por completo a quien era hace sólo unas pocas jornadas. Su cara desencajada aparecía cubierta de espumarajos, sudor y mucosidades, nada recordaba a aquel semblante amable, educado y cortés hasta el incomodo con que atendía a los vecinos desde el mostrador de la botica. Sin embargo, allí, fuera de su cotidianidad, el joven farmacéutico mostraba su auténtica alma. Al verle así, como una bestia, Roberto se sintió más relajado. Por un momento pensó que todo podría haber sido un malentendido. A fin de cuentas se conocían desde que eran niños y cuando unos minutos antes sus miradas se juntaron no pudo evitar que le asaltara la duda. Pero al contemplarlo en aquel estado las incertidumbres se disiparon. Respiró profundo y luego su boca proyectó un sonido seco y cortante que sus hombres interpretaron al unísono. Tras la descarga, el cuerpo del boticario estaba grotescamente descoyuntado. Ceremoniosamente se aproximó hacia él, desenfundó su revolver y le disparó un tiro de gracia que le destrozó la cara.