24.11.07

Los pasos

La primera vez que escuchó aquellos pasos a su espalda experimentó el sabor amargo que deja el sentirse acechado. Se sabía acosado, abocado a una emboscada segura. Por eso optó por no volver la mirada ni dar crédito a su oídos, como si negando su existencia con los sentidos desapareciera la terrible amenaza que presentía. Días más tarde tuvo la sensación de que algo había cambiado en aquel sonido que le perseguía. Su ritmo se había acelerado hasta convertirse en la alegre musicalidad que dejan los bailarines de claqué sobre la pista. Así, poco a poco, fue dejando atrás aquella sensación de miedo, sustituida ahora por una cándida placidez cada vez que escuchaba aquel sonido, que para entonces se había transformado en el trote feliz de una manada de caballos pigmeos. De este modo, se acostumbró tanto a su compañía que pronto comenzó a imaginarse cómo eran aquellos diminutos corceles, el vigor de sus crines, el golpe seco de sus cascos contra los guijarros, sus vivaces relinchos. Hasta que de pronto, una mañana, el sonido desapareció por completo y el silencio más espeso se apoderó del camino. Sólo entonces, sorprendido, no pudo evitar el acto reflejo de volver los ojos sobre sus pasos. Fue sólo un instante. El tiempo justo para no percibir la calesa que se avalanzaba desde el fondo del callejón y cuyas ruedas quedaron marcadas en su pecho.