27.11.07
Los trenes
Cada día, al caer la tarde, le gustaba pasear hasta lo alto del puente que cruzaba las vías del tren y quedarse unos instantes viendo pasar las locomotoras. Le resultaban entrañables aquellos frágiles cercanías que arrastraban la rutina del trabajo a la casa. Por el contrario, los expresos regionales se le antojaban soberbios con su pavoneo de grandes distancias, mientras que no podía evitar cierta pesadumbre ante el cansado avance del tren de mineral, esa misma melancolía que se siente ante la visión de un viejo toro a punto de morir. De este modo, al acabar la jornada, el crepúsculo caía sobre sus hombros mientras bajo sus pies aquellas interminables filas de vagones cruzaban a toda velocidad, rasgando el silencio con el estruendo de sus articulaciones y el alarido persistente de sus pitidos. Así debería de ser la muerte. Así, al menos, la imaginaba. Atrás quedaba el boato de túnicas y guadañas de otros tiempos; la muerte, ahora, debía de ser como aquel estremecimiento de raíles chocando contra la vida. A menudo se preguntaba cómo sería aquella sensación. Observaba la marcha de los convoyes veloces y se interrogaba sobre cuál podría ser el último pensamiento, la mirada última, la sensación definitiva antes de recibir aquel impacto postrero entre los aullidos satisfechos de la máquina. Una tarde, mientras se ponía el sol, harto de respuestas desconocidas, tomó una determinación. Entonces fue hasta la estación de autobuses y compró un billete a Barcelona. Nunca regresó.